HomilíaNicolaaskathedraal
Domingo 26º del Tiempo Ordinario
Traducción automática, verificada de forma independiente · 26e Zondag door het jaar
Transcripción automática de la retransmisión. El texto no está revisado; solo se corrigieron la puntuación y las mayúsculas, sin cambiar una sola letra.

Hermanas y hermanos, resulta verdaderamente duro leer la primera lectura del profeta Ezequiel, en la que dice en nombre del Señor: Cada ser humano es responsable, ciertamente, de sus propios actos. No puedes simplemente echar la culpa del mal que tú mismo haces a, por ejemplo, tu educación, o al mundo en el que crees, a tus padres o, más aún, a tus antepasados. No, dice al pueblo de Israel, tú eres y sigues siendo responsable del bien o del mal que haces. Jesús no quita nuestra responsabilidad. Al contrario, deja bien claro que nosotros, como seres humanos, somos responsables de nuestros propios actos; no podemos, por así decirlo, barrer esa responsabilidad bajo la alfombra. Ni echársela a otros. Y ciertamente no, como ocurre en la primera lectura con el profeta Ezequiel, a Dios.
Usted sabe, estamos llamados a vivir en libertad y a hacer en ella nuestras elecciones. Y esa libertad nunca es realmente sencilla. Hay en nuestra vida toda clase de circunstancias, la educación, las relaciones, las experiencias, los acontecimientos, las enfermedades, pero también la naturaleza, que influyen en las decisiones que tomamos. Por eso hacerse adulto es aprender a sostenerse sobre los propios pies y aprender a asumir la responsabilidad. Se aprende cada vez más a tomar las propias decisiones. Ese es, sin duda, el núcleo del crecimiento en la madurez. Y a veces tampoco eso se logra simplemente.
Hay personas que en su vida han sido formadas de tal manera, se podría decir, y también dañadas por lo que han vivido. Eso es muy difícil. Y entonces también es muy difícil elegir en verdadera libertad. Y de eso trata precisamente la segunda lectura. Por eso nos necesitamos unos a otros. No para condenarnos constantemente, sino precisamente para ayudarnos. Ayudarnos a ser más libres.
Para liberarnos de aquello que nos mantiene cautivos. Para crecer hacia el ser humano tal como Dios nos ha pensado. Para llegar a ser humanos a su imagen y semejanza. Se podría decir también: a imagen de su Hijo. Esto nos lleva al evangelio de hoy. Jesús habla de dos hijos. El padre pide al primero: ve hoy a trabajar a la viña.
Él responde: sí, padre. Pero no va. El segundo dice: no, no quiero. Pero luego se arrepiente y va de todos modos. Jesús pregunta entonces: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? Con ello Jesús traslada la atención de lo que alguien dice a lo que alguien finalmente hace. No las palabras, sino la vida misma muestra quién es alguien en realidad.
Con ello la justicia adquiere un sentido más profundo. Jesús no ajusta cuentas simplemente con el pasado del hombre, sino que mira lo que una persona hace en su vida. Esa es una diferencia importante. En el tiempo en que vivía Jesús existía fuertemente la idea de que la enfermedad, la desgracia y el sufrimiento estaban ligados a los pecados del hombre, o incluso a los pecados de los antepasados. Jesús rompe esta idea de manera muy radical. La enfermedad no es un castigo de Dios, dice él. Pero al mismo tiempo sí dice: tu vida importa.
Lo que haces, cómo vives, cómo tratas a otras personas. Tiene sentido. Y con esto recibimos otra imagen de quién es Dios en su ser más profundo. No un Dios que está constantemente por encima de nosotros para castigar cada fallo. Sino precisamente un Dios que da espacio al ser humano. Que se compadece del hombre. Y que lo toma en serio, precisamente en esa libertad.
Y sin embargo, no suelta al ser humano. Pero sí toma nuestra libertad muy en serio. Y eso nos hace ser las personas que somos. A diferencia de los animales, que viven y actúan según un instinto o un patrón fijo. Jesús tampoco quita esa justicia. Al contrario, dice.
Vendrá un momento en que el Hijo del hombre vendrá. Y todos los hombres comparecerán ante él. Entonces se hará visible lo que hemos hecho con nuestra vida, con nuestra libertad. En ello oímos de nuevo la voz de Ezequiel: Por eso yo, el Señor su Dios, juzgaré a cada uno según sus propios actos, pueblo de Israel. Así habla el Señor Dios, dice Ezequiel. Jesús hace este pensamiento mucho más concreto en Mateo 25.
Allí habla de un juicio final. Lo llamativo es que no pregunta qué hemos creído. O dicho. ¿Sí, padre o no, padre? No. Pregunta qué hemos hecho. ¿Hemos dado de comer al hambriento?
¿Dado de beber al sediento? ¿Acogido al forastero? ¿Visitado al enfermo? Allí resuenan, en el fondo, las mismas palabras que en el evangelio de hoy. ¿Vas tú a mi viña? Sí, padre. O no, padre.
Al final se trata de lo que hacemos con nuestra vida. La justicia de Dios no es, por tanto, un castigo arbitrario. El juicio de Dios es el momento en que la verdad de nuestra vida saldrá a la luz. Lo que hacemos aquí y ahora recibe allí su significado último. Entonces llega, por fortuna, también la segunda lectura. Como un complemento importantísimo, inseparable. Porque Pablo no nos deja solo con nuestra responsabilidad.
Él escribe: nuestro consuelo está en Cristo. Eso es quizá lo más importante que oímos hoy. Si solo oyéramos: eres responsable de todo lo que haces. Entonces, al final, compareceríamos ante Dios con las manos vacías. Porque ¿quién de nosotros nunca ha fallado? ¿Quién de nosotros ha hecho siempre las elecciones correctas? ¿Quién de nosotros ha hecho siempre lo que debía hacer?
No nos presentamos ante Dios con nuestras obras perfectas. Nos presentamos ante Dios con nuestra fe en Cristo. Con el amor de Cristo. Con su amor reconciliador que actúa en nuestra vida. Por eso el evangelio no es un relato destinado a darnos miedo de un Dios que castiga. Es precisamente una llamada a vivir con entusiasmo y responsabilidad por nuestra vida. A ser más libres y a hacer el bien.
Amar al otro. Y al mismo tiempo podemos, cuando finalmente estemos ante Dios, darnos cuenta de que no estamos allí solos. Estamos allí junto con Cristo. Y por eso podemos y debemos vivir ahora en libertad y sin miedo. Porque él fue a la cruz por todo lo que hemos hecho mal. Porque el Dios que nos hace responsables de nuestra propia vida es el mismo Dios. Que nos concede en Cristo su amor reconciliador.
Texto original · Neerlandés
26e Zondag door het jaar
Zusters en broeders, het komt wel even hard aan als je de eerste lezing van de profeet Ezegiel leest, waarin hij zegt bij monden van de Heer: Ieder mens is verantwoordelijk, toch echt voor zijn eigen daden. Je kunt de schuld van het kwaad dat je zelf doet, niet zomaar afschuiven op bijvoorbeeld je opvoeding, of de wereld waarin je gelooft, op je ouders of sterker nog je voorouders. Nee, zegt hij tegen het volk Israël, jij bent en blijft zelf aanspreekbaar voor het goed of het fout dat je doet. Jezus neemt onze verantwoordelijkheid niet weg. Integendeel, hij maakt het juist duidelijk, dat wat wij als mens verantwoordelijkheid dragen voor ons eigen doen en laten, wij kunnen die verantwoordelijkheid niet zomaar even onder het tapijt schuiven, zou je zeggen. Niet op andere schuiven. En zeker niet zoals dat in de eerste lezing bij de profeet Ezegiel gebeurt, op God.
Weet u, wij zijn geroepen om in vrijheid te leven en daarin onze keuzes te maken. En die vrijheid is nooit echt eenvoudig. Er zijn in ons leven allerlei omstandigheden, opvoeding, relaties, ervaringen, gebeurtenissen, ziekten, maar ook de natuur die de invloed hebben op het maken van keuzes van ons. Daarom is volwassen worden dat je leert staan op eigen benen en je leert verantwoordelijkheid te dragen. Je leert steeds meer je eigen keuzes te maken. Dat is toch de kern van groeien in volwassenheid. En soms lukt dat ook niet zomaar.
Er zijn mensen die in hun leven zo gevormd zijn, je zou kunnen zeggen, toch ook wel beschadigd door wat ze hebben meegemaakt. Dat is heel moeilijk. En dan is het ook heel moeilijk om in echte vrijheid te kiezen. En dat is waar we net in de tweede lezing ook over hebben. Daarom hebben we elkaar nodig. Niet om elkaar voortdurend te veroordelen, maar juist om elkaar te helpen. Helpen om vrijer te worden.
Om los te komen van datgene wat ons gevangen houdt. Om te groeien naar de mens zoals God ons bedoeld heeft. Om mens te worden naar zijn beeld en gelijkenis. Je zou ook kunnen zeggen naar het beeld van zijn zoon. Dat brengt ons bij het evangelie vandaag. Jezus vertelt over twee zonen. De vader vraagt aan de eerste: ga vandaag in de wijngaard werken.
Hij antwoordt: ja, vader. Maar hij gaat niet. De tweede zegt: nee, ik wil niet. Maar later krijgt hij spijt en gaat toch. Jezus vraagt dan: wie van de twee heeft de wil van de vader gedaan? Daarmee verplaatst Jezus de aandacht van wat iemand zegt, naar wat iemand uiteindelijk doet. Niet worden, maar het leven zelf laten zien wie iemand werkelijk is.
Daarmee krijgt de gerechtigheid een diepere betekenis. Jezus rekent niet eenvoudig af met het verleden van de mens, maar kijkt naar wat een mens in zijn leven doet. Dat is een belangrijk verschil. In de tijd waarin Jezus leefde, bestond sterk de gedachte dat ziekte, ongeluk, lijden verbonden waren met zonden van de mens of zelfs met de zonden van de voorouders. Jezus doorbreekt deze gedachte heel radicaal. Ziekte is niet een straf van God, zegt hij. Maar tegelijkertijd zegt hij wel: je leven doet ertoe.
Wat je doet, hoe je leeft, hoe je met andere mensen omgaat. Het heeft betekenis. En hiermee krijgen we een ander beeld van wie God in zijn diepste wezen is. Niet een God van voortdurend boven ons staan om ons op iedere fout te bestraffen. Maar juist een God die de mens ruimte geeft. Die met de mens begaan is. En die hem serieus neemt, juist in die vrijheid.
En toch, de mens laat hij niet los. Maar hij neemt onze vrijheid wel heel serieus. En dat maakt ons tot mensen die we zijn. In tegenstelling tot dieren die volgens een instinct of een vast patroon leven en handelen. Jezus neemt die gerechtigheid ook niet weg. In tegendeel, hij zegt.
Er komt een moment waarop de mensenzoon zal komen. En alle mensen voor hem zullen verschijnen. Dan zal zichtbaar worden wat wij met onze leven, met onze vrijheid hebben gedaan. Daarin horen we opnieuw de stem van Ezekiel. Daarom zal ik, de Heer uw God, ieder van u naar zijn eigen daden oordelen, volk van Israël. Zo luidt de Gods spraak van de Heer, zegt Ezekiel. Jezus maakt die gedachten nog veel concreter in Matthäus 25.
Daar spreekt hij over een laatste oordeel. Opvallend genoeg vraagt hij daarbij niet wat wij hebben geloofd. Of hebben gezegd. Ja, vader of nee, vader? Nee. Hij vraagt wat we hebben gedaan. Hebben wij de hongerige te eten gegeven?
De dorstige te drinken gegeven? De vreemdeling opgenomen? De zieke bezocht? Daar klinkt eigenlijk opnieuw dezelfde woorden als van het evangelie van vandaag. Ga jij naar mijn wijngaard? Ja, vader. Of nee, vader.
Uiteindelijk gaat het om wat wij met ons leven doen. Gerechtigheid van God is daarmee geen willekeurige straf. Het oordeel van God is het moment waarop de waarheid van ons leven aan het licht zal komen. Wat wij hier en nu doen, krijgt daar zijn uiterlijke betekenis. Dan komt gelukkig voor ons ook nog de tweede lezing. Als een hele belangrijke, niet weg te denken aanvulling. Want Paulus laat ons niet alleen met onze verantwoordelijkheid staan.
Hij schrijft: onze vertroosting is in Christus. Dat is misschien wel het belangrijkste dat we vandaag horen. Als wij alleen maar zouden horen: je bent verantwoordelijk voor alles wat je doet. Dan zouden we uiteindelijk straks bij God met lege handen staan. Want wie van ons heeft nooit tekort geschoten? Wie van ons heeft altijd de juiste keuzes gemaakt? Wie van ons heeft altijd gedaan wat hij moest doen?
Wij staan bij God niet met onze volmaakte daden. Wij staan bij God met ons geloof in Christus. Met de liefde van Christus. Met zijn verzoenende liefde die in ons leven werkzaam is. Daarom is het evangelie geen verhaal dat ons bang moet maken voor een straffende God. Het is juist een oproep om in enthousiasme en verantwoordelijkheid voor ons leven te gaan. Om vrijer te worden en het goede te doen.
In de ander liefhebben. En tergelijkertijd mogen wij, wanneer we uiteindelijk voor God staan, bezeffen dat we daar niet alleen staan. Wij staan daar samen met Christus. En daarom mogen en kunnen wij nu in vrijheid en zonder angst leven. Omdat hij alles wat wij verkeerd hebben gedaan, daarvoor is hij aan het kruis gegaan. Omdat God die ons verantwoordelijk houdt voor ons eigen leven dezelfde God is. Die ons in Christus zijn verzoenende liefde schenkt.
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Homilía de la retransmisión pública de la parroquia, reproducida con su permiso.